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Itahisa Déniz González.

Licenciada en Ciencias del Mar; Orientación en Gestión del Litoral, 5º curso

Nombre de la Entidad: Orphanage Africa. Ayenyha, Ghana (Del 30 de junio al 2 de agosto de 2007)

Orphanage África tiene un orfanato y una escuela en Ayensa. A esta escuela acuden los niños del orfanato y los de los pueblos de Ayenyha y Rafa. El voluntariado consistía en dar apoyo a la maestra de la guardería, con niños de entre 2 y 4 años.

La experiencia ha sido muy positiva, enriquecedora, única y, por supuesto, repetible.

Me aventuré a viajar sola, cogí dos aviones y llegué a un aeropuerto en medio de África al que me iban a buscar. Desde hacía muchos años yo decía que quería irme de voluntaria, y al fin ese propósito se ha cumplido. Ya he ido al menos una vez en mi vida y no me quedaré con la cosa de no haberlo hecho.

He tenido la oportunidad y el privilegio de vivir en África, con lo justo y casi sin necesitar nada más. Aprender de sus gentes, su cultura y modo de vida, estar allí y conocer mundo.

Vi fantásticos paisajes, auténticas explosiones de vida, termiteros, lagartos con la cabeza y la cola anaranjadas, mariposas gigantes, y gusanos, y hormigas…

Paseé en canoa por el Lago Volta, el lago artificial mayor del mundo, y hubo que achicar agua constantemente.

Estuve en una playa privada, para uso de aquellos que pasábamos la noche en algunos de los hoteles. Vi otras más, cercadas por una valla. Reflexioné cuando me encontré en restaurantes que sólo nos podíamos permitir los extranjeros. Mayoría blancos, casi en exclusividad. Cambiaban los porcentajes en comparación con la calle.

Vi de lejos el castillo del Presidente, al que aproximarse es imposible más allá de un perímetro acotado. Vi pasar su coche, con banderitas y escoltas. Tan sólo tres kilómetros más allá, había calles en las que parecía haber caído la bomba atómica. Imaginable en un país en posguerra, inconcebible en uno con 50 años de democracia.

Visité un antiguo castillo de esclavos y pensé en el pasado y en el origen de mi propio nombre. Contemplé un cartel el Museo Nacional donde se mostraba que las rutas pasaban por Canarias y me horroricé de lo que imaginé y de lo abominable que puede llegar a ser el ser humano.

Me bañé en el Golfo de Guinea, en aguas más calidas enmarcadas en una playa de arena blanca y cocoteros. Un verdadero paraíso terrenal.

Paseé por mercados bulliciosos, llenos de gente y color, y otros más tranquilos pero no menos interesantes. Según el mercado se podía adquirir comida, telas, abalorios, pescado, arte…

Me acostumbre a comer picante, dormir dentro de una mosquitera y usar spray antimosquitos.

Pedí permiso para entrar en una Iglesia cristiana y contemplar que eran auténticas celebraciones, fiestas con música y bailes.

Observé como los niños y niñas tienen el ritmo en la sangre, tocan percusión complicadísima y no bailan como los niños de aquí, sino de una forma más impulsiva, más visceral, más… genuina.

Viajé en taxis sumando un total de ocho adultos, compartiendo asiento hasta el taxista que cambiaba de marcha metiendo la mano entre las piernas de su acompañante para coger la palanca. Viajé en tro tro con 17 personas más y la carga, y vi otros cargados de mangas en los asientos (amontonadas sin cajas), o cabras en los mismos asientos o en el techo. Y comprendí el motivo por el que los tro tros estaban tan estropeados, de tal manera que parecía que iban a desarmarse.Cerré los ojos mientras llenaban el depósito de la gasolina sin parar el motor. Y los abrí mucho cuando haciendo auto-stop nos recogió un señor que tenía una furgoneta más grande que un tro tro para él solo, moderna, amplia e impecable. Me pareció egoísta que un vehículo privado no me recogiera llevando plazas vacías, cuando aquí lo vería como algo comprensible. Es más, hacer auto-stop es algo que aquí ni se me pasaría por la cabeza. Disfruté de viajes en la parte trasera de una pick-up, considerándolos regalos del día.

Me enfadé cuando sentía que intentaban estafarme una vez tras otra, y me reía cuando me daba cuenta y seguía todo igual. La cuestión era intentarlo, y si no, pasaba nada, como ocurría con las peticiones de matrimonio. “Tienes que buscarte un novio ghanés”. “Otra vez será”.

Observé el instinto maternal en niños muy pequeños, comprobé la sana protección que ejercían sobre sus hermanos. Oí impactantes historias del pasado que de seguro siguen ocurriendo y tristemente seguirán ocurriendo hasta que las cosas cambien sustancialmente.

Me saludaron rascándome la palma de la mano dando acto seguido un chasquido con los dedos.

Caminé más de una hora, por gusto, bajo la lluvia. Era la época lluviosa.

Comprobé que la gente estaba acostumbrada a vivir con lo que tenía, y, como ocurre en todos sitios, hay gente más o menos entregada a su trabajo.

Me acostumbré yo también a mi nuevo modo de vida, y me sentí por momentos dentro de una postal. La llanura verde y los árboles a un lado, la montaña al otro. Tranquilamente compartiendo tro tro con muchas personas casi sin espacio vital. Personas caminan cargando sobre sus cabezas un saco, un barreño, palos, un escaparte con dulces… Tal vez una de esas personas era una mujer que también llevaba a su bebé en la espalda, en una tela convenientemente sujeta. Y tuve que centrarme para valorar dónde estaba y a lo que me había acostumbrado.

Me sentí dentro de un documental viendo a mis compañeras caminar en un cruce lleno de gente, a lo mochilero y preguntando por el tro tro adecuado.

Contrastes, grandes contrastes; muchas imágenes y sensaciones… Algo nuevo sorprende cada día. Mil historias y aprendizajes que podría relatar…

A todas las personas con las que hablo sobre mi experiencia, les digo que a África hay que ir. Estar allí, contemplar, sentir y aprender. Por mi parte, quedo contenta por haber estado, pero espero tener la oportunidad de pisar el continente alguna vez más en mi vida.

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